2 dic 2011

El pequeño delito.

Recuerdo que para ese entonces debía de tener unos tres o cuatro años. Estábamos recién mudados, así que había un cuarto en el que se encontraban varias cajas amontonadas. Vislumbro ese cuarto cada vez que el momento llega a mi cabeza. En una pequeña mesa frente al televisor había un lote de tacos de colores y un pequeño tren de madera. Era de mi hermano. Recuerdo evitar que él me viese jugar con aquel objeto de cálidos colores. Justo en el extremo de la mesa se encontraba uno de los lápices de dibujo de mi papá. Era rojo. Mi mano, decidida, lo tomó y lo sostuvo frente a mis ojos con curiosidad. La adrenalina de tener algo tan bonito y tan prohibido en mis manos me hizo darme cuenta de mi necesidad de saber cómo pintaba.

No habían hojas, pero sí una pared.

Un círculo, dos palos. Yo estaba escribiendo, pero eso mis padres jamás lo comprenderían. Y yo sonreía.

Más tarde, me daría cuenta de lo que mi pequeño delito costó: una tarde completa restregando una esponja amarilla contra mi arte, destruyéndola, mientras las lágrimas empapaban sin compasión mis mejillas. 

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