Después de terminar la lectura, se dio cuenta de que había arrugado las esquinas de la carta y que el temblor de emoción en sus manos resultaba incontenible. Su mirada vagaba una y otra vez por las palabras que cobraban más sentido a medida que las releía.
¿Sería verdad? ¿Era acaso aquella la única manera de poder escribir?
Adentrarse en un mundo que sólo fuera tuyo, sin más elección que aislarte y perder el conocimiento de la realidad. Hacer que las palabras de tu alma se desempolvaran y se posaran y moldearan delicadamente en retazos de papel, dejando a un lado cualquier anhelo de escribir sobre cosas superfluas y terriblemente limitadas como el amor. ¿Es que acaso encontraría algo más sobre qué escribir?
Y luego miró a su alrededor, dándose cuenta de que sí podía, y que seguramente obtendría mejores efectos.
Pero de pronto se imaginó a aquel hombre a quien tanto había admirado, aquel poeta que coloreaba las palabras con tanta sencillez y las llevaba al alma con cuidado y cuya carta se encontraba en sus manos… y entonces una gota de decepción se resbaló dentro de él. La imagen que pasó por su cabeza fue la de un hombre que compartía una vida agujerada con mentiras y soledad, echado en un rincón de un solitario cuarto con no más compañía y experiencia que la de un lápiz y un pergamino. Una persona que sólo, y nada más, daría su vida por esos dos materiales que no significarían mucho a la hora de analizar tu recorrido y experiencias durante tus años de vida.
Quizás se equivocaba. Quizás ambos se equivocaban.
Quizás no hacía falta el aislarse para encontrarse a sí mismo. O quizás sí.
Habría que averiguarlo.
Tomó una pluma y un papel y se dispuso a responder…
(Opinión sobre las Cartas a un joven poeta de Rainer María Rilke)



