2 dic 2011

Crac

Después de varios intentos y de forzar bastante la cerradura de la puerta, por fin ésta emitió un chasquido y se abrió para darle paso a la mal iluminada habitación. Levantó la maleta con brusquedad y se dispuso a entrar cuando algo en la sucia alfombra captó su atención: un pequeño y frágil cuerpo yacía acurrucado al pie del desgastado sofá y dormía plácidamente.
Al hombre se le encogió el corazón.

Era una niña.

Sus dorados cabellos se esparcían por el suelo cual manantial, cubriéndole uno de sus menudos brazos, mientras que el otro se acomodaba tranquilamente sobre la mugrosa alfombra. Sus pestañas eran largas, su nariz pequeña y sus finos labios se encontraban violetas por el frío. Su belleza descomunal contrastaba enormemente con el viejo, desgastado y sucio mobiliario de la barata habitación. A pesar de todo, su pecoso rostro reflejaba una calma y una tranquilidad insólitas ante las condiciones en las que se presentaba.
El hombre retuvo el aire unos segundos, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Sabía con certeza que si le daba la vuelta y observaba su espalda, encontraría una mancha de sangre. Como siempre. Debería de estar acostumbrado a esas jugadas de su mente, pero era imposible borrar sus acciones, omitir los movimientos de sus manos, eliminar el recuerdo del cuchillo entre sus dedos.
Con paso lento y tortuoso, caminó sobre la niña, y como si ésta fuese una proyección, sus pies la traspasaron sin compasión y siguieron como si no estuviese. Sabía que cuando se diera la vuelta, la vería ahora demacrada, con cabellos resecos, sin sonrisa y con ojos vacíos. La vería muerta. Muerta.
Porque así es como le reclamaba su mente sus acciones, y aunque sabía que no era real, que no estaba allí, no podía evitar torturarse a sí mismo por dichas acciones. Era inevitable. Pensó que al ir a ese hotel lograría evadir eso, pero se equivocó.

Como siempre.

Como cuando tomo el cuchillo.

Como cuando sus manos se movieron contra su voluntad.

Como cuando se dio la vuelta y ya la niña no estaba.

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