7 dic 2011

¿Dónde estás?

HAIKU

Sin esperarlo
Susurra levemente
La corriente en mí

Me habla su llanto
Su tono melodioso
En muda canción

Y así aparecen
Amaneceres grises
Quitando el calor

Y me rodean
Los cielos incoloros
Gritando  dolor

Y me inundan
Abatidos diluvios
Llorando favor

Y se me adhieren
Tres capullos marchitos
Sin vida ni amor

¡Aire maldito!
¿Qué será de aquellos que,
al no conocer

vean rodeados
tus mares de agonía
carentes de paz?

Y luego odiarán
Porque si bien te hirieron
No perdonarán


El haiku (俳句, ¿haiku?), derivado del haikai, consiste en un poema breve de tres versos de cinco, siete y cinco moras respectivamente. Comúnmente se sustituyen las moras por sílabas cuando se traducen o componen en lenguas romances. Es una de las formas de poesía tradicional japonesa más extendidas. Su temática está relacionada con la naturaleza.

2 dic 2011

Crac

Después de varios intentos y de forzar bastante la cerradura de la puerta, por fin ésta emitió un chasquido y se abrió para darle paso a la mal iluminada habitación. Levantó la maleta con brusquedad y se dispuso a entrar cuando algo en la sucia alfombra captó su atención: un pequeño y frágil cuerpo yacía acurrucado al pie del desgastado sofá y dormía plácidamente.
Al hombre se le encogió el corazón.

Era una niña.

Sus dorados cabellos se esparcían por el suelo cual manantial, cubriéndole uno de sus menudos brazos, mientras que el otro se acomodaba tranquilamente sobre la mugrosa alfombra. Sus pestañas eran largas, su nariz pequeña y sus finos labios se encontraban violetas por el frío. Su belleza descomunal contrastaba enormemente con el viejo, desgastado y sucio mobiliario de la barata habitación. A pesar de todo, su pecoso rostro reflejaba una calma y una tranquilidad insólitas ante las condiciones en las que se presentaba.
El hombre retuvo el aire unos segundos, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Sabía con certeza que si le daba la vuelta y observaba su espalda, encontraría una mancha de sangre. Como siempre. Debería de estar acostumbrado a esas jugadas de su mente, pero era imposible borrar sus acciones, omitir los movimientos de sus manos, eliminar el recuerdo del cuchillo entre sus dedos.
Con paso lento y tortuoso, caminó sobre la niña, y como si ésta fuese una proyección, sus pies la traspasaron sin compasión y siguieron como si no estuviese. Sabía que cuando se diera la vuelta, la vería ahora demacrada, con cabellos resecos, sin sonrisa y con ojos vacíos. La vería muerta. Muerta.
Porque así es como le reclamaba su mente sus acciones, y aunque sabía que no era real, que no estaba allí, no podía evitar torturarse a sí mismo por dichas acciones. Era inevitable. Pensó que al ir a ese hotel lograría evadir eso, pero se equivocó.

Como siempre.

Como cuando tomo el cuchillo.

Como cuando sus manos se movieron contra su voluntad.

Como cuando se dio la vuelta y ya la niña no estaba.

Tras el mostrador.

El mejor pasatiempo en la librería de su madre era escuchar por detrás del mostrador las conversaciones que se mantenían entre clientes. A veces aburrían, a veces conmocionaban y a veces divertían, pero solo ha habido una que él recuerda con claridad…
Fue esa en la que una voz familiar pidió el favor a su madre de que le envolviera y guardara dos cajas para el día de Navidad. Algo sobre la hija. No decirle nada. Traje rojo.

Un niño es perspicaz. Un niño es astuto. Un niño es curioso. Y eso fue lo que impulsó a Miguel a atar cabos aún cuando su inocencia y ganas de creer le hacían ver que no eran pruebas suficientes, para luego exigirle a su madre aquella respuesta que cambiaría el resto de sus navidades.  

El pequeño delito.

Recuerdo que para ese entonces debía de tener unos tres o cuatro años. Estábamos recién mudados, así que había un cuarto en el que se encontraban varias cajas amontonadas. Vislumbro ese cuarto cada vez que el momento llega a mi cabeza. En una pequeña mesa frente al televisor había un lote de tacos de colores y un pequeño tren de madera. Era de mi hermano. Recuerdo evitar que él me viese jugar con aquel objeto de cálidos colores. Justo en el extremo de la mesa se encontraba uno de los lápices de dibujo de mi papá. Era rojo. Mi mano, decidida, lo tomó y lo sostuvo frente a mis ojos con curiosidad. La adrenalina de tener algo tan bonito y tan prohibido en mis manos me hizo darme cuenta de mi necesidad de saber cómo pintaba.

No habían hojas, pero sí una pared.

Un círculo, dos palos. Yo estaba escribiendo, pero eso mis padres jamás lo comprenderían. Y yo sonreía.

Más tarde, me daría cuenta de lo que mi pequeño delito costó: una tarde completa restregando una esponja amarilla contra mi arte, destruyéndola, mientras las lágrimas empapaban sin compasión mis mejillas.