15 ago 2012

Marilyn


Belleza excepcional, inigualable e incomparable. 

Quiero...


Quiero sentir la lluvia.

Y no me refiero a percibir el olor a humedad, barro y guardado que a veces desprende. No. Tampoco a mojarme y coger un resfriado, porque a pesar de que los niños aman eso, yo no termino de verle la gracia.

NO.

Quiero sentir la lluvia como un animal el miedo, como un crío un helado, como una mujer un beso, como un libro el ser leído, como un pájaro el volar, como un músico a su instrumento, como un político la paz, como una madre a su hijo…

Quiero entender el por qué cae del cielo de manera tan estrepitosa, si es porque le duele algo o quiere pisar con fuerza y no encuentra cómo. Quiero saber por qué moja, si es por querer contagiar su rabia o porque no le gusta quedarse sola. Quiero saber por qué resuena en el cielo, si es porque quiere gritar o porque golpea para descargarse. Quiero saber por qué ennegrece las nubes, si es por expresar su frustración o porque su alma de por sí es oscura. Quiero sentir su sufrimiento, y entenderlo.

Porque mientras no lo entienda, seguiré parada frente a la ventana, viendo mi reflejo mojarse y añorando el calor del sol.

Porque si no siento la lluvia, jamás podré aceptarla.

Blanco

"...Lucía radiante: con un sencillo vestido, como los que ella siempre usaba, y varias flores decorando su cabello rojo. Caminaba por el jardín. Se le notaba que estaba nerviosa, por como el pequeño ramo que sus manos sostenían temblaba. Al pasar por su lado, se detuvo y lo miró con ternura, para luego dirigirle una sonrisa y continuar con su camino. Él sonrió con nostalgia, bajando la cabeza. Un nudo se le formó en el pecho al observar como llegaba hasta el final y tomaba el brazo de quien sería su esposo, mientras le dedicaba una sonrisa aun más radiante. Sin poderlo aguantar más, cerró los ojos con fuerza y dejó que las lágrimas corrieran por sus mejillas al ver como ella susurraba un débil "Acepto" para luego pertenecer a él..."

Corazón Contento

No hay manera más linda de sonreír. 
Foto extraída de "Humans of New York". 

SOMBRAS TINTADAS (Ganador "Cuento y Poesía 2012")



En el momento en el que su cuerpo se sintió entumecido, cambió de posición sus frágiles piernas y se reacomodó en el suelo. Hacía rato que había perdido la cuenta de cuánto tiempo llevada sentado en el frío suelo de piedra, rogando misericordia. Su piel morena poco cubría sus huesos, dudaba tener músculos lo suficientemente fuertes como para sostener el peso de su miseria y su visión se encontraba nublada. Negro. Nada más veía negro.
Confiaba en que la montura que sostenía su tabique nasal fueran lentes que cubrieran su defecto, el tacto poco le servía para reconocer lo transparente de lo polarizado. Confiaba en que las ropas raídas que traía puestas no delataran en su tinte los días que llevaba sin cambiarlas, su olfato hacía tiempo que se había acostumbrado al olor de azufre y suciedad. Confiaba en que el pedazo de cartón que se encontraba a sus pies tuviese escrito lo que había pedido a aquellos pasos que escucho la noche anterior, no tenía manera de saber si su suerte no variaba debido a un engaño en tinta de marcador.
Había encomendado su vida a su suerte el día en el que su mundo se oscureció.
Tanteó con cuidado el suelo, buscando la lata de sardinas vacía, esperando encontrar más que un par de monedas. Nada. A pesar de que lo había escuchado, no había querido admitir que ninguna persona había detenido sus pasos para sacar unos billetes de sus bolsillos y dárselos.
Sintió cómo las lágrimas corrían por sus mejillas, y por primera vez desde hacía mucho tiempo, drenó sus emociones con sollozos incontrolados. Mientras más sentimientos afloraban en él, más miserable se sentía, y más insignificante e invisible se volvía. Rodeó con sus brazos sus frágiles piernas y se apretó con fuerza contra la pared.
Y lloró. Lloró como nunca lo había hecho, lamentando su suerte y maldiciendo cada parte de su cuerpo que lo mantenía con vida.
-¿Por qué lloras?
Tan sumido se encontraba en su desdicha que no escuchó cómo unos pasos se detenían ante él. La voz que le habló era dulce y melodiosa, como una fresca brisa, y tenía un aire tan infantil e inocente que le fue imposible negarse a contestarle, aunque no sin un poco de amargura y ronquera.
-Porque soy miserable.
El pequeño personaje pareció considerar un rato su tosca respuesta antes de sentarse frente a él, ignorando el hecho de que no era bien recibido. De sus manos provenía un ruido que no supo identificar, seguramente algún juguete, y desprendía un olor a dulces que lo hizo arrugar la nariz. 
-¿Por qué ya no pintas?
Su pregunta lo tomó por sorpresa. Desconcertado, se reacomodó en su puesto soltándose las piernas y apartó su vacía e inútil mirada del lugar de donde provenía la voz, tratando de demostrar indiferencia ante la pregunta.
-Porque no veo. – Soltó con dureza.
Era un hecho: el niño planeaba ahondar de la manera más dura en él. Nunca se había visto a un mudo ser político, ni a un sordo criticar óperas, de la misma manera en la que sólo corrían maratones los que poseían dos piernas. Si no veía los colores, ¿cómo se suponía que podría retomar su vida? Recordar lo que perdió no hacía más que lastimarle el alma, aflorando de nuevo los recién controlados sentimientos.
-Pero todavía tienes manos. – susurró el chiquillo con inseguridad.
 Le dolió. Cada palabra que pronunciaba el niño calaba en él hasta lo más profundo, instalándose en su pecho y apuñalándole desde adentro. Por supuesto que tengo manos, pensó para sí mismo, pero ellas no verán jamás por mí.
Se abstuvo de contestarle con crueldad. A fin de cuentas, era sólo un niño, y los niños se caracterizaban por su inocencia y curiosidad. En cambio, decidió evadir la afirmación con una pregunta.
-¿Cómo sabes que pint… pintaba?  – Un pinchazo le llegó al corregirse y referirse a su pasión en pasado. La voz le salió débil, pero no le importó. Ya muy pocas cosas le importaban de su imagen proyectada.
- ¿No te acuerdas de mí? – preguntó el niño con tristeza. El mendigo, en vez de resaltar lo evidente, decidió esperar a que él continuara. – Voy todas las mañanas a la plaza a patinar, mientras mi mamá pasea a mi perro. Una vez nos pintaste a los tres.
Y entonces la imagen de  un niño pecoso con cabello castaño se dibujó en su mente, detallando cada rasgo y facción habida en él. Recordó a su madre, esbelta y sonriente, con hoyuelos en sus mejillas y  una cabellera clara, y al gran canino mestizo que no dejaba de moverse. Irónicamente, había utilizado el mismo color caramelo para rellenar los globos oculares de los tres. Brochazos volvieron a pintarlos, dándoles vida y color, dibujando el recuerdo en un lienzo mental que llevaba varias semanas en blanco. Y no pudo evitar asomar un intento de sonrisa.
-Por supuesto. – La voz le salió con un suspiro, no sabiendo si sentirse contento de poder identificar un rostro recreado por él o desdichado al saber que más nunca podría recolectar nuevos rostros como aquellos.
- Íbamos todas las mañanas, - repitió. – y nos encantaba verte pintar. Mi madre y yo nos sentábamos en el banco a verte pintar. Pintabas muy lindo.
Eso no lo recordaba.
Se imaginó que si ellos lo veían, seguramente no eran los únicos. Y volvió a sentirse desdichado al saber que alguna vez alguien lo había admirado, ahora lejos de apreciarlo. Nunca había cobrado por ello, y se sentía como un aficionado aprendiendo a recrear historias con cartulinas y óleos de colores nítidos.
-Te extrañamos. – Murmuró por lo bajo el niño, y el mendigo no pudo reprimir un sollozo.
De todas las palabras que había mencionado el niño, esas dos lo acuchillaron sin piedad, destrozando cada retazo de su alma y haciendo que el aire se trancase en el nudo en su garganta. Lamentaba cada mezquino segundo que pasaba de su nueva y precaria vida, sabiendo que no habría manera de evitar el recordar lo feliz que había sido y lo improbable que era el serlo ahora. 
-Yo también me extraño. – Y la voz se le quebró.
Escuchó como el niño, después de unos segundos de haberle respondido, se ponía de pie y se alejaba corriendo.
Sintió como su mundo se desplomaba de nuevo sobre él, ejerciendo un peso imposible y creando un ardor psicológico que quemaba hasta la más pequeña sombra de alegría que podría haber existido alguna vez en él. Su cuerpo se acurrucó hecho un ovillo contra la pared, y sollozos afloraron de su pecho de manera ascendente, creando convulsiones en cada una de sus extremidades.
¿Por qué le había pasado esto? ¿Qué había hecho él para merecerlo?
Podría tener hambre, sueño y seguramente la necesidad de un baño, pero nada de eso le importaba. Lo único que le había dolido perder era la capacidad de apreciar los colores y las sombras. Y maldijo cada fibra de su ser por mantenerlo con vida dentro de esa muerte espiritual. Porque sí, aquel día en el que perdió su vista, perdió el sentido de existir.
No supo cuánto tiempo pasó (podían ser minutos, horas, días o semanas), pero en algún momento de su desgracia, escuchó pasos aproximarse a él. Debían de ser al menos como tres personas.
-¡Oh, por Dios! ¿Está usted bien? – Una voz de mujer que no identificó. Alguien lo tomó por los brazos y lo obligó a ponerse de pie. No tenía ganas ni motivos para responder una pregunta tan patente.
-¿Ves mamá? – el niño otra vez. – Te lo dije. Te dije que era él. – sonaba inadecuadamente emocionado. – Ya vas a ver como vuelve a pintar.
Y con esa simple oración, sus sentidos restantes volvieron a la vida, alertas ante las nuevas palabras de la conversación.
-¿Está usted bien?- Volvió a preguntar la señora.
El mendigo la ignoró olímpicamente y centró su atención en la voz del niño, buscando interpretar su repentina emoción. - ¿Qué dices? – preguntó.
-Te traje unas pinturas. – lo sintió sonreír a través de las palabras.
Por una clara razón, se sintió nuevamente desalentado. No sabía ni por qué se había ilusionado.
-Gracias, niño, pero no. – Y dicho esto se puso a tantear en el suelo en busca de su lata vacía y su cartón para poder largarse a otro lugar.
-¡Por favor! ¡Inténtalo! – Gritó él chiquillo.
El hombre detuvo sus movimientos y lo consideró. Era literalmente imposible perder algo más en su vida, así que quizás no estaría mal sentir las pinturas nuevamente entre sus manos, quizás para despedirse y reconocer de una vez por todas que su vida sería insoportablemente vacía.  Sintió como el niño lo tomaba de la mano, sin discriminaciones, y lo guiaba hacia una pared. Con suavidad, lo hizo colocar la mano sobre ella, y el mendigo acarició la superficie, tratando de identificar cada uno de sus defectos e irregularidades.
-Te traje mis pinturas. – Murmuró el niño, tomando de nuevo su mano y llevándola hacia una seria de frasquitos. Lo hizo tomar uno. – Rojo. – Lo hizo tomar otro. – Verde. – Otro. – Amarillo…
Y así continuó señalándoselos hasta que el mendigo obtuvo una sencilla y básica gama de colores. Sumergió sus manos en los colores, tratando de conseguir alguna mínima diferencia entre ellos, todos líquidos y completamente invisibles.
Sus manos nadaron un  rato en ellos, mientras oía como la gente llegaba y se reacomodaba a su alrededor. Trató de ignorarlos, concentrándose en recordar la posición de cada uno de los frascos y sus colores correspondientes.
Pero no hizo falta, porque después de unos segundos, los reconoció como aquellos viejos amigos que esperaron pacientemente por él. Sintió la calidez del rojo, el fulgor del amarillo, la sutileza del verde, la frialdad del azul, la profundidad del violeta, el espesor del naranja, la suavidad del rosado… Y después de ése momento de reconocimiento, sus manos se movieron solas, su mente dibujando cada trazo elaborado sobre la rugosa y dura superficie de la pared. Sentía, olía, escuchaba y degustaba cada uno de los colores, mezclándolos con experiencia y utilizándolos con confianza. Eran él y ellos en uno solo. Ya nada importaba, no había nadie a su alrededor, solo un escenario vacío, un lienzo cobrando vida y sus emociones y gratitud plasmándose en sus profundos movimientos.
No sabía que pasaría luego, si la gente se aburriría y se iría, si la lata se llenaría de monedas, si pensarían en su arte como algo abstracto, si le encontrarían sentido alguno, si se metía en problemas por expresarse de tal manera…
Lo único que deseaba era que el niño estuviese a su lado, que continuara allí hasta el final y que entendiera lo agradecido que estaba hacia él. Porque no había sido fácil salir de las sombras y haber vuelto a ver sin abrir los ojos, todo gracias al pequeño que sentía a su lado. Gracias a él ahora podía ver.
Y a partir de ese día no le importaba que pasara, porque de la misma manera en la que la gente veía su arte como algo abstracto, él lo hacía con su futura vida. Ahora sólo importaba el detalle de la imagen que se encontraba recreada en su mente y que sus manos plasmaban con habilidad sobre la pared.
-¡Mamá! – escuchó susurrar al niño. - ¡Somos nosotros!
Y después de varias semanas de agonía, una auténtica sonrisa cruzó la cara del mendigo.