Hablaré como venezolana. Porque…
¿cómo quitarle la razón a los que no están de acuerdo conmigo? Ni yo misma sé
si mis pensamientos son de común acuerdo. Sólo sé que mis intenciones se alejan
totalmente de ser malas, y que a la hora de plantear una idea, todos
coincidimos en que queremos mejorar a nuestro país. Plantearé cada uno de mis
pensamientos de una manera sencilla, tratando de evitar el ahondar en problemas
económicos, políticos, sociales y de organización territorial, que ya de manera
general se conocen.
Imaginaré Venezuela como aquella
mano tricolor que tanto se plantea.
Comenzaría aprobando una igualdad social que no establezca parámetros, dónde
además de derechos, sepamos asumir nuestros deberes. Dónde aprendamos a
compartir y enseñemos a mejorar la calidad de vida de aquellos menos
beneficiados, estimulando el desarrollo de las aspiraciones de todos los
venezolanos. Sólo, si evitamos el ser conformes, lograremos realizarnos como
ciudadanos, como seres humanos y como venezolanos que somos. En el país que
queremos, debemos estar protegidos, debemos sentirnos seguros y debemos gozar
de una salud pública de primera. El desempeño laboral es reconocido y
recompensado, sea cual sea el trabajo que se realice.
Señalo todos los recursos
que tiene Venezuela para ser una nación exitosa económicamente; somos turismo,
somos belleza natural, somos agricultura, somos petróleo, somos mineral, somos
puertos, somos clima tropical, somos energía alterna, somos comercio… somos la
mejor parte del planeta para lograr una economía de alto rendimiento en manos
de quien sepa explotarla. En el país que queremos, los venezolanos merecemos
ser los primeros beneficiados de nuestra economía, y debemos aportar sacrificios,
como lo es el pago justo de la gasolina, el trabajo arduo de los agricultores y
el compromiso de producción para obtener una exportación y comercialización
estable.
La democracia no puede ser objeto
de burla, siendo una palabra muy
amplia que abarca grandes compromisos de convivencia, libertad, política y
justicia. En el país que queremos, los venezolanos merecemos ser escuchados y
tomados en cuenta para forjar nuestro futuro y ser libres de expresar nuestras
ideas y desacuerdos, sin ser obligados a una toma de decisiones que no
corresponde con nuestra naturaleza social y cultural.
Venezuela está aliada con Dios. Tenemos un compromiso,
como seres humanos, de procurar el bien a nuestro prójimo. El venezolano es de
corazón cálido, emocionalmente susceptible y fácil de manipular. En el país que
queremos, se sabe diferenciar lo que está mal de lo que está bien, creando una
conciencia moral que defina patrones de convivencia y respeto. Cualquier acción
que afecte o perjudique la integridad moral de la persona, será considerada un
antivalor. La familia debe ser modelo y
semillero de valores positivos que permitan el desarrollo de un venezolano
noble, honesto y ejemplar.
La educación del venezolano debe
asegurar un futuro prometedor.
Merecemos las mejores escuelas a la disposición de todos los niños, niñas y
jóvenes, permitiendo obtener una educación digna, donde los sueños y la
inocencia infantil prevalezcan sobre cualquier ideología. En el país que
queremos, los maestros son profesionales de calidad cuyo trabajo es bien
reconocido; las instalaciones de las escuelas son espacios adecuados y
estimulantes; todos los niños del país tienen un espacio y una posibilidad para
instruirse. La educación termina siendo una obligación, necesidad y derecho que
posee cada uno de los venezolanos.
El país que queremos no es fácil,
requiere de trabajo y sacrificio. Sólo hace falta pensarlo. Pensemos un socialismo que no iguala clases, sino conceptos.
Pensemos en que, al oponernos, sabremos cuándo bajar la cabeza y, que aquellos
que tienen el poder, reconozcan cuando las cosas van mal. También pensemos en
promesas cumplidas y compromisos pendientes. Pensemos en la igualdad de clases
con futuro y progreso, donde todos tengamos aspiraciones y donde aquellos que tienen sean una inspiración. Pensemos en
relaciones internacionales que benefician nuestra economía, y no en la
dependencia de vínculos que comprometan nuestra estabilidad como nación
productiva. Pensemos ésa Venezuela. Diseñémosla. Y luego fundémosla.
Creemos un país piloto. Y
entonces, y sólo entonces, podremos ver para atrás y pensar que lo hemos
logrado. De esa manera se podrá llegar a aquel país anhelado, en el que ya no
hay desigualdad política, no hay conflictos entre civiles, tampoco entre
Fuerzas Armadas, no existen problemas económicos importantes, ni violencia, ni
falta de educación. Y quizás llegaremos a ser considerados un país
“desarrollado”, un modelo, y hasta una potencia.
Suena surrealista, algunos dirán
que hasta imposible. Pero no lo es, y lo digo como joven venezolana,
perteneciente al grupo que desea cambiar el futuro del país y que no tiene
intenciones de retroceder.
Somos un país hermoso. Todos formamos parte de él, y
cada uno tiene un papel importante y es responsable de defender la moral y los
valores que nos caracterizan como venezolanos, con un lenguaje de paz y
humildad en nuestros corazones.
Porque mi idea ya está formada.
Espero poder esparcirla, y luego implantarla. Y así seremos la “Nueva
Venezuela” que tanto aspiramos, ése país que queremos, nuestro país.
