25 oct 2011

Peleles

“No me importa, tengo una vida”.

No, no la tienes. Ninguno de nosotros la tiene. Por desgracia, ningún ser humano en la actualidad la tiene.

Es cuestión de vernos y compararnos, pero no entre nosotros, ya eso lo hacemos por naturaleza. Me refiero a compararnos con los seres humanos de hace doscientos años. O quizás cien. Ver como poco a poco nos hemos deteriorado, y con ello, nuestra forma de vivir. Ahora sólo somos cuerpos que actuamos bajo el efecto de un guión previamente hecho por los que planearon el nuevo siglo. Aquellas personas no tuvieron compasión de nosotros al permitirnos descubrir los avances tecnológicos que poco a poco consumirían nuestro organismo hasta que lleguemos al punto de considerar el Cáncer una enfermedad como la lechina: que nos dará en algún momento. No tuvieron compasión al hacernos creer en la monotonía como un estilo de vida.

Ahora el ser humano se levanta en la mañana sin motivos para emocionarse, desechando lágrimas por gusto y regalando sonrisas por compromiso. Ya no se cree en el romance, sino en aventuras sin sentimientos y relaciones a juego. Ya no se cree en el matrimonio, sino en el divorcio como una manera de anotar puntos en un patético grupo social del que todos formamos parte, por desgracia. El arte se ha deteriorado, la música ridiculizado y ya los libros buenos han sido devaluados, sólo que nada de esto lo has notado porque las nuevas generaciones no son capaces de percatarse de lo poco bien que vivimos.

Te digo, me hubiese gustado conocer a Oscar Wilde. Creo que tenía unas ideas que resultarían maquiavélicas para las nuevas generaciones. Lástima que él falleció, junto a Cristobal Colón, Freddy Mercury y Jesucristo. Ahora no hay nadie que nos dé buenos propósitos para hacer algo diferente. Algo como vivir.

Soy de las que opinan que la Segunda Guerra Mundial fue para bien. Durante ése tiempo, la gente comenzó a perderlo todo, los sueños se destrozaban junto a las casas tumbadas por los bombardeos, las esperanzas de poder volver a ver el azul del cielo sin ningún avión atravesado eran calladas y sobre todo se habían perdido las ganas de salir de sus refugios y asomarse a ver si había algún cambio. Supongo que cuando la guerra terminó, la gente no cabía en sí de euforia. Supongo. No tengo abuelos que me pongan al tanto de ésa época. Pero estoy muy segura de que para 1945, la gente comenzó a apreciar más la vida.

Quizás necesitemos una Tercera Guerra Mundial. Quizás un falso cáncer en dictadores ayude a impulsar una nueva. Quizás.

Lo que sea para que la gente pierda ésta maldita monotonía y vuelva a vivir.

Sólo digo.  

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